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sábado, 14 de diciembre de 2013

PALAU MARQUÉS D'ALELLA

El Palacio Marqués de Alella, también conocido -despectivamente- por "Can Ramonet", es un edificio modernista con detalles de plateresco. Fue construido entre 1912-1914 por el arquitecto Enric Sagnier i Villavecchia y está situado en la calle Muntaner, 282-290, esquina Mariano Cubí, en el Barrio de Sarrià-Sant Gervasi de Barcelona. 
Las pinturas que cubren sus paredes fueron elaboradas por Josep Maria Sert y el jardín diseñado por el paisajista Nicolau Maria Rubió.

Julio Muñoz Ramonet lo compró en 1945 (Foto) y en ese personaje voy a centrarme.


Esta es la historia de un palacio, una valiosísima colección de arte y un franquista estraperlista al que se le quemaban los almacenes -'El Aguila' y el nuevo 'Siglo'-, denunciaba robos de cuadros que encuentraban escondidos tras un radiador y al que sus hijas hacen honor, con creces, después de su fallecimiento.
 
El pasado mes de Octubre, "El País" publicaba:
 
Rómulo Bosch i Catarineu paseaba en 1913 por Barcelona con un artefacto al que llamó el aeromóvil: un coche propulsado por una hélice que él mismo había construido junto con Enrique Fabregat. Diez años más tarde, quedaba huérfano tras la muerte de su padre, Rómulo Bosch i Alsina, médico, ex-alcalde de la ciudad de Barcelona, presidente del puerto y fundador de la Liga Antiesclavista Catalana. Fue entonces cuando Rómulo Bosch comenzó su minuciosa colección de arte. Tenía más de 2.500 piezas, de las cuales unas 250 terminaron, casi 25 años más tarde, en manos de los Muñoz Ramonet.

Además de parte del dinero para comprar la famosa colección, Rómulo Bosch i Catarineu había heredado de su padre, entre muchas otras propiedades, empresas, costumbres, privilegios propios de la burguesía catalana.
 
En un Dossier-informe sobre las obras de la colección Rómulo Bosch i Catarineu depositadas en los Museos de Barcelona en 1934 y devueltas a su nuevo propietario Julio Muñoz Ramonet en 1950 se puede leer que la colección original “estaba formada por piezas de arqueología, depositadas en el Museo Arqueológico, piezas de artes decorativas como tejidos y miniaturas entre otras, depositadas en el Museo de las Artes Decorativas, y piezas de arte como talla, escultura, dibujo, pintura sobre tela y pintura sobre tabla, depositadas en el Museo de Arte de Catalunya”. Él mismo había entregado su colección el 3 de noviembre de 1934 en el Depósito contra el Paro Forzoso como garantía de la Unión Industrial Algodonera: un conglomerado industrial dedicado a diversas ramas de la industria del algodón. A decir de Folch i Torres, lo hizo “para evitar el cierre de las fábricas en un momento de crisis de trabajo”.

La Generalitat le había concedido préstamos a la Unión Algodonera por valor de cuatro millones de pesetas —con un interés del 6% y 10 años para devolverlos—. La filoxera que había atacado el algodón había menguado el capital de muchas familias que apenas estaban volviendo a producir tras la plaga. De hecho, parecía que todo iba a ser mejor,  por eso Rómulo Bosch usó su colección como aval del conglomerado industrial para obtener aquel préstamo de la Generalitat de Cataluña. Dos años después, en 1936, Rómulo Bosch moría asesinado de un disparo en plena calle. Comenzaba la Guerra Civil, que también supondría una amenaza para el arte catalán. Ganó Franco, se instauró la dictadura, comenzó la posguerra. Y volvió el arte que en muchos casos no regresó a sus propietarios de origen sino que quedó catalogado en colecciones privadas en el Museo Nacional de Arte.

En 1943, finalmente, el empresario Julio Muñoz Ramonet compró la Unión Algodonera. Muñoz Ramonet era un conocido estraperlista de la posguerra barcelonesa que junto con su hermano y su madre se convirtió en el protagonista de un dicho que todavía usan los abuelos de la ciudad: “Después de Dios, los Muñoz”.
Con la Unión Algodonera, Muñoz Ramonet compró también Còdol Dret, que siguió funcionando hasta la construcción del pantano de Sau en 1962. Por los impagos de la Unión Algodonera más los intereses, aquella deuda inicial avalada por la colección de arte ascendía a más de seis millones de pesetas. Muñoz Ramonet, no obstante, dijo que como tras la Guerra Civil la Diputación de Barcelona absorbió las tareas propias de la Generalitat y “había desaparecido la entidad acreedora”, el préstamo y los intereses ya no se iban a devolver. Y no solo eso. Sino que reclamó, además, una compensación por haber expuesto parte de la colección en el Museo de Arte de Catalunya y por la pérdida de algunas obras durante la Guerra Civil.

En 1949, tras valorar las obras perdidas y el uso que se había hecho de la colección en 3,1 millones de pesetas, se estableció que la Unión Industrial Algodonera tenía que abonar la diferencia que todavía se debía: 3,2 millones de pesetas. Es decir, que 15 años después de que Rómulo Bosch dejara como aval una colección particular, la Unión Algodonera devolvía el crédito pero se ahorraba más de 700.000 pesetas.
 
Julio Muñoz Ramonet, que sin duda quería limpiar la imagen que se había labrado haciendo negocios truculentos durante la posguerra y las facilidades que el régimen franquista le había procurado en Barcelona para hacer negocios y ganar dinero, decidió que la ciudad fuera, tras su muerte, la heredera de su palacete sito en la calle Muntaner, 288  y de la colección depositada en su interior.

Su fallecimiento se produjo en 1991 y allí comenzaron los problemas. Del legado artístico que el industrial -por llamarle algo- barcelonés atesoraba en el palacete de la calle Muntaner, una gran colección de pinturas y esculturas compuesta por cerca de 1200 piezas -entre la que se encontraban obras de Goya, Rembrandt, Sorolla, Fortuny, El Greco, Murillo, Zurbarán, Monet, Berruguete, Carreño de Miranda, Corot, Delacroix, Renoir...-, que al cabo de dos décadas de litigio entre el Ayuntamiento y las cuatro herederas parece ha hecho desaparecer las más importantes.
Hace poco se supo que al menos dos importantes cuadros estaban localizados y controlados: La Anunciación, de El Greco, y La aparición de la Virgen del Pilar, de Francisco de Goya. Se trata de dos pinturas valoradas judicialmente en siete millones de euros y que ya deberían haber sido entregadas al Ayuntamiento de Barcelona. Pero no ha sido así.
 
 

Está claro que de casta le viene al galgo y si este hombre hizo su fortuna con el estraperlo y sus chanchullos franquistas, sus hijas no se han quedado cortas y han robado de nuevo, lo que su padre robó a su vez.
Las obras maestras de la colección se han esfumado del edificio y en su lugar cuelgan otras de valor inferior. Incluso muchas de las paredes se han quedado desnudas; así entregaron el pasado mes de Agosto el palacete al Ayuntamiento de Barcelona, que sigue en litigio con las cuatro herederas.